Clases, ideas y política que en el siglo XIX construyeron la hegemonía del liberalismo oligárquico

miércoles, 13 de enero de 2010


La Argentina semicolonial comenzó a configurarse en la segunda mitad del siglo XIX, durante y a través del período de las guerras civiles. A lo largo de seis décadas, entre 1860 y la crisis del 30’, un pujante capitalismo agroexportador construyó los fundamentos y las superestructuras ideológicas e institucionales del país que habría perdurar hasta entrada la segunda mitad del siglo XX. Su centro de gravedad político fue el partido liberal de la ciudad puerto de Buenos Aires, y su centro de gravedad social la oligarquía terrateniente aliada de la burguesía comercial y asociada al capitalismo británico.

Como no podía ser de otro modo, la lucha ideológica y la construcción de un discurso historiográfico en correspondencia, junto con el poder de las armas desempeñaron un papel de gravitación capital en la constitución de la identidad nacional de aquellos años fundacionales. El reciente libro de Honorio Díaz –Pensamiento liberal argentino. Sociedad, Estado y Nación en Sarmiento, Alberdi y Mitre– estudia este proceso a la luz de tres obras centrales, producidas por los intelectuales orgánicos más destacados del viejo liberalismo decimonónico: Civilización y Barbarie; Bases; Historia de Belgrano y de la independencia argentina.

La construcción del paradigma
Sarmiento, refugiado en Chile en plena época de la dictadura de Rosas, escribió Civilización y Barbarie en 1845, un alegato contra Facundo Quiroga, cuyo alcance estaba destinado a superar la figura del caudillo riojano y a convertirse en “una herramienta en la acuciante brega antirrosista”. Si bien el libro tuvo inicialmente escasa difusión en el país y sólo cierta repercusión entre los exilados en Montevideo, en sus líneas quedaron establecidos los trazos gruesos de lo que habría de ser el relato canónico que la oligarquía gobernante transformaría en historia oficial.

Honorio Díaz precisa claramente este aspecto de la obra de Sarmiento, escrita con marcado filo polémico, cargada de “inexactitudes a designio” al decir del general Paz, pero dirigida certeramente a diferenciar dos campos antagónicos, y construir el paradigma a partir del cual habrían de formularse los interrogantes y las respuestas que descifrarían los asuntos políticos fundamentales que agitaban al país a mediados del siglo XIX. En Facundo, como prefería nombrar al libro su autor, la diferenciación adquiría un carácter excluyente: las ciudades de un lado y la campaña del otro de una línea divisoria infranqueable. En las primeras había brotado la civilización de origen europeo y se desenvolvían las nuevas ideas y el progreso; en la campaña imperaba el analfabetismo, la barbarie y una cultura retrógrada heredada de la colonización hispana. Aunque la topografía del esquema puede resultar cambiante –Córdoba será el núcleo progresivo tras la victoria del Paz sobre Quiroga, y Buenos Aires, factor de reacción bajo el gobierno de Rosas–, los dos polos del antagonismo permanecerán invariables. Como advierte Honorio Díaz, la construcción de Sarmiento se afirma en un determinismo extremo, en el que quedan de lado las ideas del iluminismo, el romanticismo y el historicismo, prevalecientes en el ambiente intelectual del Río de la Plata y se abren paso las concepciones nodales del positivismo.

La tesis central, sobre la que girará la interpretación del pasado y las ideas determinantes del discurso dominante, están planteadas: la civilización extranjera es el factor de progreso del país, mientras que todo aquello de origen nativo, que se desarrolla por fuera de esa influencia es expresión de atraso y reviste un carácter retrógrado. Sobre la base de esta antinomia López y Mitre construyeron los fundamentos de la historiografía liberal.

La crítica de Honorio Díaz que señala a Sarmiento como un pensador asistemático, autor de una obra carente de coherencia doctrinal, se distancia visiblemente de las distintas interpretaciones que tienden a convalidar el juicio académico. En primer término se delimita tajantemente del intento de Halperin Donghi por presentar un Sarmiento interesado en entender a Quiroga, por alcanzar un nuevo punto de vista que le demandó “un intenso esfuerzo de adecuación; un esfuerzo, por otra parte, muy felizmente logrado”, según las palabras del ícono de la historia académica. Por cierto, no es precisamente el equilibrio lo que caracterizó a Sarmiento como escritor y político. Sus expresiones son inconfundibles: “Y no hay que alucinarse: el terror es un medio de gobierno que produce mayores resultados que el patriotismo y la espontaneidad. La Rusia lo ejercita desde los tiempos de Iván y ha conquistado todos los pueblos bárbaros (...) Costumbres de este género requieren medios vigorosos de represión y para reprimir desalmados se necesitan jueces más desalmados aún”; o, el célebre consejo a Mitre: “no economizar sangre de gauchos”. Perspectiva está bien lejana de la interpretación de Jaime Rest, que ve en la estructura del Facundo los tres momentos de la dialéctica de Hegel –tesis, antitesis y síntesis–, sin notar que en la construcción binaria de la obra, uno de los opuestos destruye al otro; así como del relativismo posmoderno de Maristela Svampa, para quien sólo una lectura unidimensional puede reducir la imagen Civilización/Barbarie a un núcleo duro que expresaría la exclusión de uno de sus polos.

Por fin, la necesaria tarea desmitificadora descubrirá otro Sarmiento que el que pintan sus apologistas: el político apasionado que intentó sacarse de encima el poder del círculo mitrista que lo había cercado en la presidencia, y que en sus últimos años llegó a comprender la profundidad de la brecha existente entre la oligarquía a la que había servido y la civilización a la que había aspirado.

La historia oficial
Mitre escribió Historia de Belgrano y de la independencia argentina en 1857, bajo la influencia del romanticismo, en una época en la cual habría de configurarse el mito fundante de la nacionalidad. Honorio Días señala que “en la segunda mitad del siglo XIX se consolidó la proliferación de las liturgias patrióticas destinadas a apuntalar las identidades nacionales. Fueron presentados héroes inmaculados y magníficos que habrían tenido una existencia alejada de las miserias de los hombres comunes. Cerca de esas vidas ejemplares se exhibieron símbolos minuciosamente elegidos (banderas, himnos, escudos, etc), para que las singularidades nacionales resultaran claramente distinguibles”.

Mitre ciñó los lineamientos generales de la obra al paradigma establecido en Civilización y barbarie. Partió de la investigación de los orígenes de la nación y, al mismo tiempo, se embarcó en el estudio de las raíces históricas de la ideología liberal. Su propósito fue establecer una vinculación necesaria entre la idea de nación de antigua procedencia, con las formas institucionales vigentes en el presente, de modo legitimar la preeminencia de determinados círculos dirigentes. El autor del libro ubica en esta asociación la estrecha relación existente entre el Mitre político y el Mitre historiador.

Esta relación cobra especial relieve al precisar el autor de Belgrano el contenido político-social de su idea de nación: un reducido y selecto grupo integrado por la elite porteña, identificado con las ideas del liberalismo y opuesto al localismo provincial, responsable de la anarquía reinante luego de la primera década de existencia independiente. El contenido, supuestamente nacional de ese liberalismo, tenía como condición la hegemonía de la ciudad-puerto, y toda la construcción de su edificio historiográfico giraba en torno a la idealización de la ideología dominante y la demonización de las ideas que la desafiaban. Esto se vio claro cuando tras la batalla de Caseros el impulso hacia la organización nacional partió del interior, y Mitre se convirtió en agente segregacionista por excelencia. Partiendo de esta perspectiva, Mitre construyó un relato histórico en el cual las minorías ilustradas urbanas, la democracia comunal y los cabildos abiertos eran la fuerza motriz de la revolución de mayo de 1810, y constituían, a la vez, la corriente histórica sobre la que se asentó el partido criollo, liberal y progresista, del cual surgió el núcleo dirigente del proceso en marcha, en lucha primero contra fuerzas tradicionales, defensoras del monopolio español, y luego contra los caudillos provinciales, expresiones del atraso y la barbarie. Las ideas liberales emergentes que esa tendencia progresiva portaba, impregnaron simultáneamente el campo de la política y el de la economía, y encontraron en Belgrano “el reflejo de la conciencia pública en aquella época”, y en Rivadavia, más tarde, “el más grande hombre civil de los argentinos”, al decir de Mitre.

El trabajo de Honorio Díaz desenmascara con toda precisión este carácter sesgado de la interpretación mitrista y las falacias de la historiografía liberal. Desde un comienzo Buenos Aires intentó reemplazar el monopolio del imperio español por su propio poder, relegando a las provincias a una posición subordinada. No es cierto, como sostiene Mitre, que la anarquía destruyó las bases de un potencial Estado en formación. Las cosas ocurrieron de otro modo. Fue la ambición de la burguesía porteña, la que lejos de crear las condiciones de la organización estatal unitaria, abrió el curso a la formación de una serie de Estados rioplatenses más pequeños, reacios a aceptar las imposiciones de la ciudad-puerto. Entre 1810 y 1820 no existió ni la nación ni un Estado que le correspondiera: solo el mito de los orígenes, según la expresión de Chiaramonte. En los hechos no fue la nación preexistente de la historia académica el origen del Estado, sino el Estado la fuerza organizadora de la nación. Escribir como escribió José Luis Romero refiriéndose a Mitre: “Lo que hace de él un hito demarcador en el curso de nuestra ciencia histórica es, a mi juicio, su ingente labor de constructor de la historia de la Nación en cuanto a tal”; o afirmar que su obra adquiere “la trascendencia de un alegato irrebatible para la afirmación de nuestra existencia colectiva”, luego de haber admitido el carácter interesado con el que Mitre analizó los acontecimientos de historia nacional, da la medida del prestigio y la integridad de una intelectualidad académica subordinada y oportunista respecto al sistema de ideas, valores e intereses de los círculos dirigentes tradicionales.

El proyecto liberal
Alberdi se insertó en la corriente de ideas y en el proyecto liberal desde otra vertiente. La primera edición de Bases se publicó en mayo de 1852, a tres meses de la caída de Rosas, en momentos en que se habían creado otro tipo de condiciones para la organización nacional. Contemporáneamente Sarmiento publicó Argirópolis, Mariano Fragueiro, Cuestiones Argentinas; Mitre, Profesión de fe, obras de diferente contenido, pero dirigidas a abordar la cuestión fundamental que agitaba la vida política de la nación.

Para el autor de la Bases, al igual para otros autores de la época, el problema central del país, era su extensión, el desierto, la escasa población, pero a diferencia de Sarmiento, no creía que el asunto se resolviera desde la educación, sino a partir de cambios profundos en el tipo poblacional y de la apertura a las corrientes de inmigrantes y de capitales de origen anglosajón. Esta presencia habría de constituirse en el factor educativo por excelencia. Su formación lo inclinaba hacia una organización monárquica constitucional, pero ante la ausencia de condiciones para tal solución, al igual que para la instauración de una república clásica, veía una salida a través del modelo chileno: “una constitución monárquica en el fondo, y republicana en la forma”.

Desde esta perspectiva elaboró las Bases, cuyo contenido habría de reflejarse plenamente en los aspectos sustanciales de la Constitución de 1853. Para esa época, ya alejado de las influencias del utopismo y el historicismo, Alberdi escribía en la órbita de las ideas liberales de Adam Smith y del positivismo de Auguste Comte. Apuntaba a la instauración de un poder ejecutivo unipersonal, con facultades que lo asimilaran a la centralización monárquica. Creía que el atraso, que Argentina arrastraba desde los orígenes coloniales, sería superado por la iniciativa de una elite que, aplicando métodos coercitivos respaldados en la legalidad de la nueva estructura institucional, insertaría al país en el curso progresivo de la civilización capitalista. Esta concepción se reflejaba, a la vez, en el carácter restrictivo que le asignaba a la soberanía popular, mediatizada por el mecanismo de elección indirecta de los cargos de presidente y vicepresidente. Su idea sobre el papel de las minorías ilustradas y su desconfianza hacia la posibilidad de un desenvolvimiento popular-democrático de la lucha política, lo llevó a coincidir con Sarmiento en señalar a la democracia revolucionaria de 1810 entre las causas de los enfrentamientos civiles que desgarraban a la república. En igual sentido mantuvo una delimitación crítica respecto a las grandes figuras de la emancipación.

Alberdi, manteniendo firme su posición liberal, se diferenció de la política de la oligarquía en dos cuestiones de importancia capital: condenó la infame guerra de la Triple Alianza llevada adelante por el mitrismo y terminó apoyando, a pesar de la posición vacilante que adoptó como legislador, la federalización de la ciudad de Buenos Aires. Al Mitre historiador le impugnó su interpretación del pasado nacional. En contraposición a la historiografía ajustada a las necesidades políticas de los círculos dirigentes, Alberdi sostuvo que la Revolución de Mayo formó parte de la revolución liberal iniciada en España en 1808 y del movimiento de resistencia a la invasión napoleónica en la península; caracterizó la fragmentación de la unidad virreinal y las guerras civiles como una consecuencia de la decisión de las provincias y regiones por liberarse, primero del yugo de la metrópoli y luego del dominio de la ciudad puerto bajo el control de la alianza entre la burguesía comercial y los estancieros bonaerenses.

Honorio Díaz destaca la perspectiva diferenciada desde la que el autor de las Bases enfocó la historia nacional. Sin embargo advierte que si bien Alberdi desnudó la política del mitrismo, no llegó a comprender que el contenido de esa política tenía origen en la línea antinacional del gobierno de Rivadavia. Señala que hasta sus últimos días Alberdi se mantuvo firmemente adherido a las categorías del pensamiento de Adam Smith, y desde ese enfoque librecambista abogó por la libre navegabilidad de los ríos, se pronunció contra el proteccionismo aduanero, fue permanente su elogio al capital extranjero y nunca superó el horizonte agroexportador en el que la oligarquía había inscripto el destino del país. Contradicción que tiene que ver con la naturaleza social de los intereses que encarnaban en su discurso. Alberdi, de origen tucumano, fue un hombre del Litoral y desde esa posición expresó el programa de una burguesía subalterna, que disputaba a los estancieros bonaerenses y a los comerciantes porteños el control de la Aduana, pero que compartía el proyecto de la semicolonia agraria y que, por consiguiente, era antiindustrialista y antiproteccionista y se desentendía de la suerte del resto del país.

fuente: izquierdanacional.org

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